Maestro de maestros
David Martínez Inserni fue padre y compañero, buzo y patriota puertorriqueño, humanista y poeta. Fue, también, maestro de maestros.
Hoy falleció uno de los gigantes puertorriqueños en el buceo. Solía decirnos que la precariedad que vivía, como instructor de buceo sin plan de retiro, le obligaría a seguir trabajando hasta el final de sus días. “Yo voy a morir en el agua”, decía. Así nos habló a quienes fuimos parte de su último grupo de graduandos profesionales.
No murió en el agua. Decía, a mucha honra, nunca haber sufrido una lesión hiperbárica a lo largo de sus más de cinco décadas como buzo. Presumía de su conservadurismo con los márgenes de seguridad y los estándares que nos enseñaba, al punto de gozarse (y, sospecho, otorgarse) su apodo de David “30/30” — una referencia a su perfil predilecto para recrearse bajo el agua: 30 minutos a 30 pies.
Sí trabajó hasta que su cuerpo no pudo más. David se disfrutaba (mucho) los chistes mongos pero también era un sarcástico empedernido, así que discernir entre sus chistes, su morbo y sus regaños a veces costaba trabajo. No lo sabíamos en aquel momento, pero David ya conocía de su enfermedad cuando bromeaba (¿bromeaba?) sobre morir en el agua. Fue su pie forzado para hablarnos sobre la precariedad laboral en el buceo, particularmente para los profesionales puertorriqueños en el mercado de Puerto Rico.
Como sindicalista de convicción y profesión, el tema me cautivó desde el principio. No encontraba discusiones ni menciones del tema en los manuales ni materiales oficiales del curso de Divemaster ni en el de Instructor. Las lecciones impartidas por David sobre este particular eran muy suyas, producto de una vida y cuatro décadas de conocimientos y padecimientos como profesional en la industria del buceo.
Disimulé mi emoción ante su activismo durante más de un año. Mientras él nos advertía, repetidamente, “No regalen su trabajo”, yo empezaba a trabajar discretamente en la zapata de lo que se convertiría en BuenBuceo.com. A los pocos días de graduarnos como instructores, lo llamé. Lo saludé como colega, le agradecí por todo lo que nos enseñó, y le invité a almorzar en La Península. “Te quiero enseñar algo que he estado trabajando”, le anticipé.
Proyecto: Buceo Boricua

David celaba sus precios de instructor. Cuando le pregunté cuánto nos cobraría a un grupo de 4 para hacernos divemasters, se limitó a decirnos “Yo soy caro” y se negó a divulgar el precio en el momento. Quería una oportunidad de hacernos una presentación breve (duró casi 3 horas) en su casa, café en mano, y aprovechar la oportunidad para conocernos. Hice lo que pude para prepararme para el golpe que juraba nos estaría esperando.
El encuentro con nuestro grupo fue casi un amor a lo adivino; se enamoró de la idea de formar a nuestro cuarteto, buceadores puertorriqueños todos, y rápido nos organizó en un grupo de Whatsapp que bautizó “Proyecto Buceo Boricua”. Ese día nos hizo una oferta a los cuatro: nos haría divemasters si aceptábamos formarnos como instructores; solo tendríamos que pagar las tarifas de instrucción de uno de los cursos, y el otro sería un regalo.
El contraste entre ese gesto y las muchas advertencias que nos hizo durante los cursos, de no regalar nuestro trabajo, no le resultaba contradictorio. Yo me disfrutaba discutir con David, y pensé que lo habría atrapado en una contradicción cuando le pedí que me explicara por qué lo hizo. Me dio su respuesta con la serenidad que le caracterizaba cuando sabía que contaba con un argumento irrefutable a su favor: “Yo creo que el mercado de buceo en Puerto Rico lo deben dominar puertorriqueños y nadie me tiene que pagar para invertir en lo que creo”.
David estaba sumamente preocupado por la competencia a la baja en las tarifas de cursos y viajes de buceo, particularmente entre negocios puertorriqueños. Él conocía de primera mano que las tarifas no daban para ganarse la vida como buceadores profesionales a tiempo completo aquí. Veía desaparecer tiendas de buceo de dueños puertorriqueños a la vez que proliferaban tiendas de buceo en manos de estadounidenses en las zonas turísticas más rentables del país.
David también observaba que los estadounidenses no escatimaban en cobrar los precios más altos dentro de nuestro mercado. A menudo comparaba los precios nuestros con los del estado de Florida para sacar cuenta del capital al que estábamos renunciando en la industria puertorriqueña por enfocarnos en la competencia local a la baja.
Por esto David celaba sus precios. A veces se cuestionaba si, al insistir en cobrar tarifas análogas a las que se cobraban en Florida, se estaba privando de oportunidades de negocios que necesitaba para sostenerse (y a su familia). No obstante, para él era una cuestión de principios afirmar que era buzo de profesión, que su pericia profesional no valía menos que la de los estadounidenses, y que todos los buceadores profesionales puertorriqueños teníamos el derecho a cobrar lo necesario para vivir y prosperar en Puerto Rico.
Su apuesta al Proyecto: Buceo Boricua era una apuesta a que los profesionales boricuas que saliéramos de ahí no regalaríamos nuestro trabajo; a que no valoraríamos nuestro trabajo por debajo de lo que se valoran los estadounidenses. Ésta fue la lección que nos quiso impartir, aunque no la dijera explícitamente.
Lo prometido es deuda

Aquel día en La Península le mostré a David el primer borrador de este website. Mientras leía sobre Nuestra Causa, sonreía de oreja a oreja. Le pedí que fuera colaborador permanente en el espacio. Se sorprendió por la invitación, y le expliqué que quería que escribiera sus opiniones y observaciones sobre lo que transcurría en la industria. Quería que sus lecciones se pudieran difundir mucho más allá de lo que sería posible hacer en la privacidad de sus clases. Me dijo que sí.
Al poco tiempo, lo volví a citar para discutir el próximo borrador: los precios de Formación que se ofrecerían a través de Buen Buceo. Teníamos pendientes una cena: nos quería preparar, a Laura y a mí, una pancetta que había estado practicando. Laura y yo íbamos a traer el vino. El primer intento se canceló porque se quedó sin luz en la casa. El segundo intento, porque se sentía muy mal del estómago. Todavía no sabíamos de la enfermedad que se lo estaba comiendo por dentro. Cuando lo cité para esta segunda conversación, me rechazó la invitación de comer pero me recibió en la casa para escuchar mi presentación.
Le presenté los hallazgos preliminares de varios meses de investigación sobre las estructuras de precios, costos y márgenes de capital en el mercado del buceo en Puerto Rico. El resultado le impactó: todos los precios de los cursos de buceo ofrecidos en Puerto Rico por operaciones puertorriqueñas asumen pérdidas para los instructores que los ofrecen, incluyéndolo a él. Las desapariciones de empresas puertorriqueñas de buceo parecían ser el resultado obligatorio del canibalismo en las estructuras de precio y sueldo.
“Yo pensé que tú venías a venderme la idea opuesta; que habías encontrado una manera de hacer que funcionara el negocio bajando los precios”, me dijo. Ésa fue la idea con la que empecé la investigación, le expliqué. Los resultados fueron igual de sorprendentes para mí. “Esta presentación la puedes convertir en un taller para otros instructores”, me contestó con los ojos fijos en las cifras rojas de las tablas que le mostré. Pasamos a discutir un plan de acción para materializar esos talleres. No pudimos terminar la conversación esa tarde, interrumpidos por su “malestar” estomacal.
Tampoco la pudimos terminar después.
Se nos quedó pendiente, David. Pero la misión va a continuar.
Nota editorial: Si conocieron a David y quieren compartir anécdotas de él, siéntanse en libertad de hacerlo en la sección de comentarios.